sábado, 17 de abril de 2010

Cambiándoles la historia

Bien, pues habrán notado que dejé inclonclusa mi novela y no porque no hubiera historia que contar sino más bien porque prefiero de momento no tocar el tema de los sismos porque quizá no es tan gracioso en esta época en que han ocurrido tantos y tan desastrosos en diferentes partes del mundo (incluyendo México) así que se los cambio por un cuento corto que escribí hace ya un buen número de años, quizá unos 15, modifiqué un poco la versión original para hacerlo más rápido. Y bueno, si quieren pueden considerarlo como una historia paralela de la protagnonista de la novela anterior. Yo espero que les guste, se las dejo y la termino ilustrando con un video que encontré.


"Mi amiga"

Está lloviendo afuera y no es que me moleste pero esta lluvia repentina me ha venido a poner un poco triste, no sé como le dicen los mayores, creo que le dicen “melancolía”, pero yo, aquí sentada en la alfombra color mostaza de mi habitación me pregunto: -¿melancolía de qué?-, a mi edad por lo general las niñas no se sienten así, es más, a mi edad uno nunca tiene motivos para ponerse así. Lo normal es pasársela jugando, hacer renegar a la mamá porque no le quisimos dar de comer a la mascota o ver caricaturas hasta la saciedad. Pero yo, teniendo la televisión en el cuarto contiguo no me siento con el mínimo deseo de ver nada. Sólo estoy aquí, como ya dije, sentada en la alfombra que aún huele a nueva, con dos camas pequeñas a cada lado mío, impecablemente arregladas con colchas sencillas pero muy limpiecitas y femeninas.

He de decir que comparto la habitación con mi hermana y la quiero mucho, ella juega conmigo casi todos los días y lo bueno es que es más chica que yo porque mi hermana mayor ya me pone cara de aburrida cuando le pregunto si quiere jugar conmigo, pero no importa, la perdono porque yo ya he pasado muy buenos momentos con ella y sabía muy bien que en algún momento tendría que crecer.

Con mi hermanita me basta y me sobra, aunque ella ahora no está aquí, está con mi mamá en la mesa del comedor intentando con insistencia aprenderse de corrido el abecedario. Así de chiquita es y ya con eso es de imaginarse mi edad... yo no paso de los diez años, ya no estoy tan chica pero aún me siento una niña. En algún momento comí demasiado bien y he crecido un poquito más que las demás, y no es que esté enorme pero soy la más alta en la fila de las niñas de mi salón y eso a mí me encanta.

Lo malo de crecer es que en Navidad ya no abundan regalos para mí como en otros años aunque eso ya no me importa mucho porque cuando cumplí los siete mis papas me dijeron que me iban a comprar el juguete que más me gustara, así que fuimos a un pequeño almacén cerca de aquí y vi una muñeca preciosa en una caja muy grande. Bueno a esa edad creo que hasta me costaba trabajo cargarla, ahora ya la vería normal pero en ese momento la sentí enorme, majestuosa, era la caja más bonita. 

El precio nunca lo supe. Cuando uno es niño esas cosas nunca importan aunque luego los papás se encuentren en verdaderos aprietos para complacernos. Llevé esa caja en el auto esperando impacientemente llegar a la casa para abrirla y cuando menos me di cuenta... ya tenía esa hermosa muñeca de cabellitos morados en mis manos.

No era una muñeca ordinaria, era una muñeca diferente a lo que yo estaba acostumbrada a tener. Mi muñeca, porque ahora ya era mi muñeca, tenía unos ojos negros grandotes con destellos azules así como de caricatura japonesa, una naricita chiquita como del tamaño de una palomita de maíz sin reventar, cejas pequeñitas pero muy bien delineadas y una boca sencilla pero sonriente. Pero lo que resaltaba más, aparte de todos esos detallitos, era su lacio, largo y estambroso cabello morado. 

“Estambroso”, esa palabra no me suena mucho, de hecho me la acabo de inventar pero es que, ¡caray! ¿cómo le digo si era de puro estambre su cabello?, cosa bastante rara en una muñeca moderna  porque todas tenían el cabellito rubio o castaño pero de plástico y el de mi muñeca no, era de puro estambre porque era una muñeca con cabello especial para poder cortárselo.

Ahora que hago un recuento me doy cuenta de que ni una sola vez le corte yo el cabello, todas las veces se lo cortó mi hermana mayor porque sinceramente... a mí me daba miedo hacerlo mal. Es entonces de suponerse que me sigue dando miedo porque a la fecha, aquí sentada en mi alfombra, sólo me limito a alaciarle el cabello una y otra vez con su cepillito morado. 

¿Será que es por eso que hasta el día de hoy me gusta tanto el color morado?. No puedo evitar sonreír al hacerme estas preguntas tan tontas y tan profundas a la vez, ¡en fin!. Cepillando y cepillando, sentada de costado sobre mis pantorrillas como toda una señorita me siento muy feliz cada que volteo a mi muñeca para verle el rostro y descubrir que su boca me sonríe más porque la estoy poniendo muy bonita. 

Esta muñeca es como mi otra hermana, es como la vecinita que nunca tuve que después de comer viene a jugar conmigo, es como... como mi otro yo. Ella es como yo y por eso es que nos aguantamos tanto tiempo, por eso ella aguanta aquí conmigo oyendo todas las cosas que pasan por mi mente. Ella lo sabe todo, todo, hasta lo más penoso que a mi corta edad he podido vivir, por eso a veces la trato con cierto respeto, no se me vaya a rebelar un día y platique con sus negros ojos todos los secretos que son sólo de nosotras dos.

Amiga... ¿eres realmente mi amiga o es que una persona tan linda como tú sólo quiere a niñas buenas y lindas de bellos cabellos morados?, yo sólo soy una niña, una niña normal que te necesita mucho. Por favor ¡no te vayas! si por alguna razón un día te veo en manos de alguien más que se divierte contigo puedo pensar que la prefieres. ¡Perdóname!, mira, no te quiero atar a mí pero es que yo te quiero mucho. A mis diez años eres mi única amiga. Pero... ¡Hey! ¡Estás sonriendo y tus ojos negros brillan más!... ¡Si me quieres! ¿Sabes?... Tú sabes que te quiero mucho así que no diré más.

Algo me distrae de mi diálogo. Es el llavero de mi papá que suena al abrir la puerta como ha sucedido siempre a esta hora de la tarde desde que tengo memoria. Algo me angustia, mi papá me va a llamar para que ya pronto vaya a comer. ¡Amiga! ¡no me quiero ir!.

De pronto siento algo raro, así como cuando un buzo emerge de la profundidad del mar. De repente, me hallo sentada en la alfombra de mi habitación... ¿en mi habitación?. Estoy sentada de costado como toda una señorita pero mis pies ahora lucen unos zapatos color crema de tacón bajo y, recorriendo con la vista, me doy cuenta que mis piernas visten un pantalón azul marino, bastante formal para una niña de mi edad. De lo demás ya no me di cuenta, sólo vi que unas manos grandes y bronceadas con un anillo de plata en un dedo sostenían, una, la cabecita morada de mi muñeca y otra, el pequeño cepillito morado que descubrí cuando abrí mi puño.

6 comentarios:

Roberto dijo...

Tu novela es muy bonita, Myriam. Realmente muy bonita.

Beso desde Buenos Aires.

Roberto dijo...

Ay! quise decir: tu cuento es muy bonito, Myriam.

Beso desde Buenos Aires.

Víctor dijo...

Estaría bien que alguien cuidase de nosotros toda la vida, como si fuésemos una muñeca..

Muy bonito el cuento Myriam

Myriam dijo...

Gracias Robertito :) que amable :)

Gamar dijo...

Genial ese final donde uno se despierta y ya no es el niño que jugaba con esos juguetes.
¿Cómo pasó?
¿Cuándo paso?
Saludos

Myriam dijo...

Así es Gamar, eso lo escribí cuando tenía unos 16 años y el anillo, la alfombra, los zapatos y todo existió alguna vez.

Me ha pasado más de una vez en que me pregunto en que momento crecí, el tiempo se va tan rápido que, aunque se batalla en el camino, al final se pasa casi sin sentir.

Aún tengo recuerdos muy vívidos de mi infancia pero hay cosas que no recuerdo y que quisiera recordar. Por ejemplo, ¿cómo fue mi proceso para aprender a hablar o caminar? o ¿en que momento definí mi personalidad?, etc. Una terapia de hipnósis regreseiva me podría ayudar.

¡Abrazo!

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