jueves, 2 de septiembre de 2010

Ya no quiero estar casada

...Y como ya estoy en el suelo en actitud suplicante, permitidme que
me quede así mientras retrocedo en el tiempo hasta tres años antes...
hasta un momento en el que estaba yo exactamente en la misma postura:
de rodillas en el suelo, rezando.

En la escena de hace tres años todo lo demás era distinto, eso
sí. En aquella ocasión no estaba en Roma, sino en el cuarto de baño
del piso de arriba de la enorme casa que me acababa de comprar
con mi marido... Estábamos en noviembre,
hacía frío y eran como las tres de la mañana. Mi marido
dormía en nuestra cama. Yo ya llevaba como cuarenta y siete noches
consecutivas escondiéndome en el cuarto de baño y —exactamente
igual que en las noches anteriores— estaba llorando a moco
tendido. Llorando tanto, de hecho, que en las baldosas del suelo
del cuarto de baño se estaba formando un enorme lago de lágrimas
y mocos, un auténtico lago Inferior (por así decirlo) formado por
las aguas de mi vergüenza, mi miedo, mi confusión y mi tristeza.

Ya no quiero estar casada.

Estaba haciendo todo lo posible por no enterarme del tema,
pero la verdad se me aparecía con una insistencia cada vez mayor.
Ya no quiero estar casada. No quiero vivir en esta casa tan
grande. No quiero tener un hijo.

Pero lo normal era querer tener un hijo. Tenía 31 años.

Sé bien lo que es tener una necesidad perentoria de hacer una cosa.

Pero yo no la tenía.

Es más, no hacía más que pensar en lo que me había dicho mi hermana
un buen día mientras daba el pecho a su primer retoño: «Tener un hijo
es como hacerse un tatuaje en la cara. Antes de hacerlo tienes
que tenerlo muy claro».

«Mientras tener un hijo no me haga tan feliz como irme a Nueva Zelanda
a investigar el calamar gigante, no puedo tener un hijo».

Ya no quiero estar casada.

Al otro lado de la pared mi marido dormía en nuestra cama.

Lo quería y no lo aguantaba, a partes iguales. Pero no podía despertarlo
para contarle mis penas... ¿De qué serviría? Ya llevaba meses
viéndome desmoronarme, viéndome comportarme como una
demente (los dos usábamos esa palabra) y lo tenía agotado. Ambos
sabíamos que a mí me pasaba algo y él estaba cada vez más harto
del tema.

Basta con decir que, en esa noche concreta, él seguía siendo
tanto mi faro como mi albatros. Lo único que me parecía tan
impensable como irme era quedarme. No quería destrozar nada ni
a nadie. Sólo quería marcharme silenciosamente por la puerta de
atrás, sin ningún jaleo ni secuela, y no parar de correr hasta
llegar a Groenlandia.

Esta parte de mi historia no es alegre, lo sé. Pero la menciono
porque en el suelo de ese cuarto de baño estaba a punto de
ocurrir algo que cambiaría para siempre la progresión de mi vida,
casi como uno de esos increíbles momentos astronómicos en que
un planeta gira sobre sí mismo en el espacio, sin ningún motivo
aparente, y su núcleo fundido se desplaza, reubicando sus polos y
alterando radicalmente su forma, de modo que la forma del planeta
se hace oblonga de golpe, dejando de ser esférica. Pues algo así.

Lo que sucedió fue que empecé a rezar.

Vamos, que me dio por hablar con Dios.

En aquella sombría crisis de noviembre lo que pretendía no
era forjarme una doctrina teológica, lo único que quería era salvar
la vida. Por fin había caído en la cuenta de que mi desesperación
era tan profunda que mi vida estaba en peligro y de pronto pensé
que, en semejantes circunstancias, la gente a veces pide ayuda a Dios.

Pues sí. Estaba hablando con el creador del Universo como si
acabaran de presentarnos en un cóctel...De hecho, tuve que contenerme
para no decirle:
—Siempre he sido una gran admiradora de tu obra...—
—Siento molestarte a estas horas de la noche —continué—
pero tengo un problema serio. Y me disculpo por no haberme dirigido
a ti directamente hasta ahora, aunque sí espero haber sabido
agradecerte debidamente las muchas bendiciones que me has
concedido en esta vida—.

—No soy experta en rezar, como ya sabrás. Pero, por favor,
¿puedes ayudarme? Necesito ayuda desesperadamente. No sé qué
hacer. Necesito una respuesta—.

Me recuerdo suplicando como quien pide que le salven la vida.

Y no había manera de dejar de llorar.

Hasta que... así, de repente... se acabó.

De repente, de un momento para otro, me di cuenta de que
ya no estaba llorando. De hecho, había dejado de llorar en mitad
de un sollozo. Me había quedado totalmente vacía de sufrimiento,
como si me lo hubieran aspirado. Levanté la frente del suelo y
me quedé ahí sentada, sorprendida y casi esperando encontrarme
ante el Gran Ser que se había llevado mis lágrimas.

Pero no había nadie. Estaba yo sola.

Aunque no estaba sola del todo. Me rodeaba algo que
sólo puedo describir como una bolsa de silencio, un silencio
tan extraordinario que no me atrevía a soltar aire por la boca,
no fuera a asustarlo. Estaba completamente invadida por la
quietud. Creo que en mi vida había sentido semejante quietud.

Entonces oí una voz. Por favor, que nadie se asuste. No era
una voz hueca como la de Charlton Heston haciendo de personaje
sacado del Viejo Testamento, ni una voz de esas que te dicen que
te hagas un campo de béisbol en el jardín. Era mi propia voz, ni
más ni menos, hablándome desde dentro. Pero era una versión de
mi propia voz que yo no había oído nunca.

Era mi voz, pero absolutamente sabia, tranquila y compasiva.
Era como sonaría mi voz si yo hubiera logrado experimentar el amor
y la seguridad alguna vez en mi vida. ¿Cómo podría describir el tono
cariñoso de aquella voz que me dio la respuesta que sellaría para
siempre mi fe en la divinidad?

La voz dijo: Vuélvete a la cama.

Solté aire.

De pronto vi con una claridad meridiana que eso era lo único
que podía hacer. Ninguna otra respuesta me habría valido. No
me habría podido fiar de una voz atronadora que me dijese: ¡Tienes
que divorciarte de tu marido! o ¡No puedes divorciarte de tu marido!
Eso no tiene nada que ver con la sabiduría verdadera.

La auténtica sabiduría te da una única respuesta posible para cada
situación
y, aquella noche, volver a meterse en la cama era la única
respuesta posible.

Vuelve a meterte en la cama, porque te quiero. Vuelve a meterte
en la cama, porque de momento lo que tienes que hacer es descansar
y cuidarte hasta que des con una solución. Vuelve a meterte
en la cama para que, cuando llegue la tempestad, tengas fuerzas para
enfrentarte a ella. Y la tempestad llegará, querida. Muy pronto.

Pero esta noche no.

Por tanto: Vuélvete a la cama.



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Les acabo de compartir algunos de los párrafos iniciales del libro "Comer, Rezar, Amar" de Elizabeth Gilbert, el cual tuve oportunidad de leer ya hace un buen tiempo antes de saber que la iban a convertir en película, la cual seguramente voy a ir a ver.

Bien, pues aunque yo no soy mucho de citar libros y esas cosas, esta lectura para mi en su momento fue reveladora, casi, casi como que alguien escribió lo que yo, y supongo muchas otras mujeres (quizá hombres también), experimentan en ciertas épocas de su vida.

La frase que he resaltado y que a veces en mi diario andar me repito es esa de "¡Ya no quiero estar casada!" y bueno, se preguntarán como puedo decir yo eso si no estoy casada, pero es que ¡uff! hay cosas en la vida que son casi equivalentes a estar casado y en algún momento de la vida me he sentido en esa disyuntiva de estar en una situación cómoda y sentirme "bien pero mal", o de atreverme a dar un paso así como de una cañada al precipicio para lograr estar "mal pero bien". Y alguna vez ya me tocó dar ese gran paso y aún sigo sobándome los golpes, pero voy sobreviviendo y me encuentro justamente en ese periodo de recuperación donde me siento "mal pero bien" y cada vez, a pasos tortuguescos, pero el bienestar va incrementandose para fortuna mía.

No soy mucho de leer cosas que no tengan que ver con los estudios pero aquella vez tomé ese libro que le pertenece a mi hermana y lo empecé a hojear, depués terminé capítulos completos y conseguí terminar la parte de "Comer" y me quedé a medias de la de "Rezar", y aunque aún me falta terminar esa y la de "Amar" dudo mucho que puedan superar a la parte de "Comer" porque es increíble como la autora va armando palabra con palabra una narración que puedo sentir en carne propia, por eso me gustaría seguir platicando del libro en otra entrada si ustedes me lo permiten.

Esta entrada la tenía pensada desde hace meses pero no lo hacía porque casi puedo oír algo así como de: "Esta mujer ya va a empezar con sus cosas" cuando me pongo reflexiva, pero el detonante fue la excelente entrada que hoy puso mi amiga Leve en su blog donde cita un párrafo de Julio Cortázar donde da instrucciones muy claras para provocarse el llanto. Intenté hacerlo así pero no pude por lo cual tuve que recurrir a lo que si me hace llorar y eso es protagonizar mentalmente los párrafos de esta novela que les he citado. Quizá para muchos lo que transcribí sean sólo eso: párrafos, pero para mi es como un retrato de mi vida en cierta época y aún en mi vida actual ya que pone en evidencia esa dualidad día-noche que algunas personas experimentamos. Durante el día hacemos, cumplimos, vamos y venimos, pero en la noche lo único que quisieramos es llorar, llorar y hablar con alguien, aunque sea solo con Dios. Ojo, no digo que el llanto sea siempre de dolor, no es así necesariamente siempre, simplemente yo veo el llanto como algo que sirve para sacar, para desintoxicar, para liberar... algo así como también lo es el vomitar.

Bueno, pues de momento me ha ayudado a liberarme un poco. Quizá no seré tan criticada si fue alguien más quien con sus palabras expuso algo de mi vida, quizá así yo no dé una apariencia de debilidad. Pero, y disculpen que ose decirlo aquí, ya sé que es incómodo, pero es que deveras que a veces me ahogo. Pero por favor, si alguien me pregunta favor de no hacerlo con preocupación, si se preocupan de una vez les digo: no pasa naaada, estoy bieeeen, hoy comí mis vegetales y cumplí mis compromisos en la escuela y ahorrémonos recomendaciones, de esas ya tengo muchas como para cubrir mi cuota de aquí hasta el año 2014. Y si incomoda, disculpen, sólo déjenlo pasar, pero es que, perdón, no hay nadie aquí a la redonda con quien hablar. Tampoco tengo como opción irme a postrar al piso del baño a desahogarme pues aquí se darían cuenta. Sólo quiero sacarlo, es que no puedo cargarlo todo el tiempo y escribirlo aquí me ayuda a tomar un descanso para continuar con la dualidad. Lo único que puedo decir, aprovechando que originalmente este era un espacio para decir cosas de este tipo es que:

¡YA NO QUIERO ESTAR CASADA... con esta maldita soledad!
.
.

16 comentarios:

Myriam dijo...

Por cierto...

los quiero

...no sé cómo me la pasaría a veces si no fuera por ustedes.

Roberto dijo...

Y, por supuesto, Myriam...

te queremos.

Y lo sabes.

Víctor dijo...

Pues... vuélvete a comer hoy tus vegetales.

Myriam dijo...

Roberto: si lo sé, eso me pone bien en mis momentos críticos.

Víctor: ¡Jajaja! :P

Gamar dijo...

Comencé a leer y pensaba en un principio.
"¿Cómo que está casada?" Ahí me deprimí y veía caer al suelo mis esperanzas, pero más adelante en la lectura dije "debe ser uno de esos relatos en los que al final cambia redondamente la historia" como me gustan a mi. Pero no
Al avanzar el relato comencé a preocuparme.
Realmente es entendible la situación y seguramente todos pasamos por eso. Algunos lo superamos y otros pasan la vida así, en esa angustia que no se puede confesar porque nadie lo entendería. O eso creemos.
Lamento decirte que es uno de los efectos secundarios de la inteligencia y vas a ir aprendiendo a paliarlo con el tiempo.
En una de mis entradas hablaba de eso, creo que se titulaba "Seamos tontos" o algo así y es que pienso que solo los tontos son totalmente felices.
Pero aunque todos estamos solos, estamos y hay que disfrutar de esta vida mientras estamos.
Lo que nos comentas no es señal de debilidad, por el contrario. Tu valentía al contarlo es muy loable.
En cuanto al texto discrepo solamente con la parte donde habla de tener un hijo. Espero que no lo creas, porque jamás sentí eso y al menos nadie me confesó sentir esa carga, para mi, es sin eufemismos, de las mejores cosas que le pueden suceder a alguien.
Desde el lado de abajo del mundo se siente lo mismo y te mando un abrazo que espero que sientas muy fuerte.

Myriam dijo...

Gamar: ¡JAJAJAJAJAJA! :) ¡Que bárbaro! :) tu comentario lo puedo dividir en dos y debo decirte que la primera parte hizo textualmente que me doblara de la risa y que me preguntara con las manos en la cara ¡Dios mío! ¿En qué mundo he vivido todo este tiempoooo?. Es SUMAMENTE halagador (aunque seguro lo dijiste de broma) eso de que "viste caer al suelo tus esperanzas" (¡jajaja!, no puedo dejar de reír) me lo dices en la calle y de frente y me desvanezco de la impresión ¡JAJAJA! :D. Gracias, con ese cumplido le has dado un gran toque de alegría a mi mañana :)

Con respecto a la segunda parte de tu comentario, particularmente eso de "tener un hijo", acepto que en definitiva uno no puede hablar de lo que no conoce y en este caso yo soy completamente ignorante del tema. Lo único que puedo decir con más certeza es que uno, como mujer u hombre de cierta edad "reproductiva" pudiera ser que de repente recibiera señales o síntomas de querer tener un bebé, sobre todo las mujeres que somos las encubadoras de nuevas vidas.

Bien, pues yo particularmente reconozco que aún no he sentido ese llamado de ser mamá de una manera que me inquiete, o peor aún, me obsesione. Mi madre dice que eso puede ser porque aún no he encontrado al hombre de mi vida, que si ya lo hubiera encontrado esas ganas saldrían de forma natural y yo le doy el beneficio de la duda, no digo que no pasará pero a mi aún no me ha pasado, por eso me identifiqué con ese párrafo de "me hace más felíz ir a Nueva Zelanda a investigar el calamar gigante" pues en este momento de mi vida si pudiera irme a Nueva Zelanda lo haría, pero supongo que todas son etapas.

Por otra parte creo que aquí influye mucho el factor: "como me educaron" y creo que en mi familia hemos visto tantos y tantos casos de familias con dificultades, hijo/as que se embarazan a los 16 años, tías mala onda, abuelitos que sufren mucho por la "vida loca de sus hijos" (o sea, tios míos) que... yo sinceramente paso, por lo menos por el momento.

Lo malo es que el tiempo también pasa y tampoco es bueno irse a los extremos como siento que me está pasando a mi y eso me preocupa. Mi reloj biológico ha sido bastante condescendiente conmigo pero no sé cuanto tiempo más aguantará.

Gamar, este es un tema que me apasiona y la cual se merece una entrada entera que espero un día poder escribir. Mientras voy a ir a buscar la entrada que tu citas y a ver que comentarios me despierta.

¡Un abrazote Gamar! ahora si te llevaste las palmas. Muchas, muchas gracias :D

Gamar dijo...

Si antes veía mis esperanzas en el suelo ahora las han pisoteado.
Ese fue siempre mi problema. Nunca me toman en serio.
Si te hice reir un momento me doy por bien pagado.

Myriam dijo...

¡¡¡¡GLUBSS!!!!

Sería muy pretencioso de mi parte creer que no es broma.
Y ese siempre ha sido mi problema: nunca puedo tomarme en serio los halagos pues soy incapaz de creérmelos.
Y a eso se le llama "risa nerviosa" jejeje, me suele atacar cuando estoy nerviosa.

:) Otro abrazo.

Levemente dijo...

Estimada Myriam… me ha encantado esta entrada. Podría decirte mucho sobre ella pero lo voy a dejar en un par de cosas.

Primera.- Si alguien te critica… ¡dime quién y ñan-ñan me lo como con papas en un plis-plas! Que las supernenas… por algo lo somos.

Segunda.- ¿Y qué si eres débil?...? Todos lo somos en algún momento, o en muchos. Por más que una gran mayoría se empeñe, por unas u otras razones, en ocultarlo… disimularlo. O tal vez incluso todos lo seamos todo el tiempo y el disfraz sea el de la fortaleza que la vida impone. Yo te felicito por permitirte la licencia de desahogarte con nosotros. Nada de disculpar, al menos por mi parte y ni siquiera como frase hecha. Cuando más Myriam te siento… es precisamente en los momentos en que te concedes la libertad de expresarnos cómo te sientes verdaderamente, no cómo se supone que ha de sentirse uno. Aquí… entendemos más de lo que imaginas eso de “estar bien, pero mal”. Y aquí estamos… tenlo presente, por favor.

Un abrazo de osa amorosa, amigüi.

Myriam dijo...

Levecita, muchas gracias, no me creerías cuanto te agradezco que simbólicamente me des tu aprobación para no ser siempre la más felíz de este mundo.

Es reconfortante saber que hay más de una persona que entiende las diferentes etapas por las que a veces uno pasa pues, como ya también me lo dijo Gamar que es otro gran amigo, en otros lugares del mundo la gente también suele sentir eso, o por lo menos algo parecido y lo que me pasa no es tan ajeno a la generalidad de las personas.

Lo que es cierto es que hay que ser muy hábil para lidiar con ciertas situaciones y, sobre todo, hay que ser muy fuerte para tener el valor de solucionarlas.

Había pensado mucho, mucho tiempo poner esa entrada y no me atrevía, total, habiendo tantas cosas lindas de que platicar no le veía el caso abordar ese tema, pero creeme que si hay (o había, pues hace unos minutos sucedió algo interesante) algo que ha definido mi vida quizá los últimos ocho años, era eso de lo que implícitamente hablaba en mi penúltima entrada... y en muchas otras mucho más antiguas.

Fue tan impactante para mi haberlo externado de la manera que lo hice en el blog que eso dió pie para que pensara en el tema de una manera distinta en estos dos días. Y lo hice de manera tan distinta que me di cuenta que en este momento tenía ya la capacidad de solucionarlo. Se dio la oportunidad y CREO que ya finalmente esta solucionado. Salieron dos lagrimitas muy sinceras y después de eso me sentí bien.

Creo que en definitiva si me siento un poco la protagonista de la historia que les narré. Ya por algo decía yo que la sentía en carne propia. Y para conmemorar, mi entrada más reciente.

Leve, gracias a ti también. Gracias por tu mérito al haberme presentado a Julio Cortázar en el momento indicado.

Beso.

Víctor dijo...

No hay mejor sensei que la de la misma madera.. :-)

Levemente dijo...

Je, me acabo de despertar y hago cositas raras al comentar. Repetirme sobre todo porque copy-pego desde Word, je, je. Rectifiqueison pues…

Simbólicamente... ¡y presencialmente! Porque total... ¿qué son taytantos km con los puentes virtuales uniéndonos? :-)

Venga... a externar... y vomitemos todos juntos. Pero no revueltos eeeehhhh, que se puede liar la más grande y que nos ahoguemos. No es plan, no :-)

Mira tu sensei qué cosas dice, je.

Myriam dijo...

Es que tu sabes Víctor que tengo Senseis para cada aspecto de la vida :) y bien sabes que tu eres mi Super Master Reverenciado de los viajes, paseos, buena vida y buen comer, o sea, de todo lo referente a la industria del turismo :) y Levecita como que me entiende más en cuestiones sentimentales, quizá porque es mujer y es sensible y creo que compartimos "ciertas" filosofías de la vida :)

Pero todos son muy queridos y tu bien que lo sabes ¿o no?.

Un besote.

Myriam dijo...

Pues si Leve, son muchos kilómetros pero mira que si no hubiera dicho que estoy en México podrías pensar que incluso podría vivír a la vuelta de tu esquina así que los lazos afectivos no los podemos medir por kilómetros sino por las veces al día que tenemos presentes a las pesonas en nuestra mente y creeme, para mi esa es la verdadera medida de la amistad.

Un abrazo enorme amiguissss...

Víctor dijo...

jeje... no soy un tarugo insensible como te piensas, pero reconozco que, al lado de nuestra amiga Leve, lo parezco. ;-P

Myriam dijo...

Yo sé que no lo eres y sé lo que cuesta de trabajo abrirse ante los demás por eso no te lo tomo a mal, pero uno de mis ejercicios en lo futuro será ser aún más expresiva y compartir lo que siento ya que algo bueno puede salir de eso.

:P

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