martes, 18 de diciembre de 2018

Corazón de espuma

Ella estaba nerviosa como siempre que iba a dar la 1:30 de la tarde. Arreglaba su delantal color naranja y verde y se iba al baño para darse una peinada y un poco de color a los labios. Ya tenia ¿como cuánto? ¿unos dos años observándolo como entraba por su café y su pan relleno de queso?. Si, algo así.

La verdad es que no tenía la certeza si hoy vendría o no porque, de hecho, no venía diario. En una buena temporada venía cuatro veces a la semana y en una mala llegó a pasar hasta mes y medio y no se apareció, quizá alguna complicación lo llevó a la capital y pues simplemente, no se paró por el local.

Estos días eran una buena temporada afortunadamente. Cuando entraba se le veía un semblante relajado, como que siempre venía de algún lugar y seguía digiriendo sus pensamientos de lo que acababa de hacer. Quien sabe a que se dedicaría. Solía usar unas camisas delgadas de algodón a cuadros pequeños, un poco estilo de señor. Le habría gustado poder decirle que hacen magia los cuadros grandes. Quizá pueden hacerle perder a un hombre hasta 5 años así de golpe.

En fin, que empezaban a enfriársele las manos y a temblarle un poco la mandíbula por los nervios, aunque sabía muy bien que si daban las 2:15 y no llegaba, entonces ya podía nuevamente soltar el aire, desfajarse la blusa e ir a la cocina a empezar a lavar las tazas que se acumulaban en ese rato.

Su amiga Mati le ayudaba siempre pues ella estaba incapacitada para ir a preguntarle a su mesa que iría a ordenar. Se tardó unas tres servidas para darse cuenta que simplemente el acercarse la ponía mal, en el buen sentido de la palabra. En cuanto ese sentimiento le hizo "clic" algo pasó que ya no se pudo acercar más y sólo podía medio voltear para verlo un poco y alimentarse con ello las veintitrés horas y media restantes del día.

-¡Ahí viene, ahí viene!- pensó, y hasta las puntas de los pies se le contrajeron. ¡Que horror! ¿por qué se tenía que poner así? se odiaba a si misma por ser así de tímida y estúpida. Cada día era un día ganado y desperdiciado a la vez, pues quien sabe cuánto tiempo le iba a durar el gusto de que "él fuera a verla". Quizá un día se mudaría a otro lugar y ella se quedaría como la mujer de la canción que se quedó para siempre en el muelle esperando a su amor. Se odiaba.

Para ese momento Mati ya lo estaba atendiendo. No sabía porque a ella le resultaba indistinta su presencia, podía sin mayor problema acercarse, preguntarle acerca de lo que iba a pedir (aunque ellas ya lo sabían), y de cuando en cuando veía que hablaban dos palabras de algo más, no sé, que si la mesa estaba desnivelada, que si tendríamos la empanada de jamón o que si hoy podría no estar tan caliente el café, que porque ahora con el calor le estaba agradando más frío. Ok.

Y ella se tenía que aguantar sin reclamarle a Mati. Su amiga tenía el valor que ella no así que podía mínimo llevarse la gloria de su conversación.

Ese día venía especialmente guapo, usaba un polo blanco y jeans. ¿Cómo podía ser tan bello? se lo preguntaba. ¿Cómo podía vivir consigo mismo?, ¿porqué todos/as los/as demás a su alrededor actuaban como si nada pasara?, ¿por qué las chicas de la mesa de al lado seguían hablando y viendo sus teléfonos igual como lo hacían hace diez minutos y por qué a ella ya casi le daban ganas de vomitar de la revoltura de estómago que le producía su presencia?.

Pero ella hoy se sentía guapa, sabía que hoy era un buen día para su cabello y que traía buena actitud. La orden fue un capuccino y un trozo de pay de limón.

Le dijo en voz baja a Mati: -¡Güey!, yo hoy se lo preparo-. Mati no entendía bien a bien la intención de esa palabra, pero sabía que su amiga la usaba cuando estaba nerviosa, cuando derramaba agua, cuando se quemaba con el vapor o cuando rompía algún plato. Eran de esas palabras que se usan en otras latitudes y que tienen como cien significados diferentes dependiendo de la ocasión y entonación. -Ok-, le contestó sin ofenderse.

Tenía un plan, sería hoy o nunca. Le dibujaría un corazón con la espuma de la leche así como lo aprendió a hacer en sus cursos de barista. Sabía bien que ella era capaz de dibujar un buen corazón y eso le dio aún más valor. Si bien le iba, la voltearía a ver y le sonreiría.

¡Pues ya! controló el temblar de sus manos para que el corazón quedara muy bien. Puso un platito debajo y sin pensar más, porque si pensaba no iba, salió del mostrador concentrada sólo en no tropezar ni derramar el contenido, de lo demás sabría Dios que iba a pasar.

No se dio cuenta que durante el tiempo del corazón, había entrado una señora, a su parecer ya algo grande, y caminando se acercó a su mesa. Lo que si le tocó ver fue como a él se le alegraron los ojos, se puso de pie y la saludó con un abrazo y un beso en la boca. No supo si se quedó pasmada un rato pues vio completa la escena de como tomaban asiento, como él le agarraba la mano y quizá le preguntaba cómo estuvo su camino. Ella hablaba sonriendo, claro, y se abstrajeron en un mundo donde sólo cabían los dos.

En ese punto regresó a su realidad y, sin temor a quemarse, metió enseguida el dedo a la taza para deshacer su dibujo. Le hizo una seña a Mati para que atendiera y fue a esconder su taza entre la máquina de expreso y la de frappé.

-¡Güey!,¡Güey!- se decía mentalmente utilizando ahora la palabra con un sentido distinto. Se dió un minuto para reestablecer sus signos vitales a un nivel de supervivencia adecuado y viendo su café desdibujado se dijo: -¡Ni modo! ¡pues ya! no nacimos juntos. Supongo todo estará bien.-

Sin voltear, llevó su taza para la cocina, se puso el delantal y empezó a lavar los trastos, empezando por esa taza que a través del dedo extrajo el dolor que le causó que alguien más, a su vez, desdibujara su corazón que felizmente latió por tanto tiempo.


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