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martes, 18 de diciembre de 2018

Corazón de espuma

Ella estaba nerviosa como siempre que iba a dar la 1:30 de la tarde. Arreglaba su delantal color naranja y verde y se iba al baño para darse una peinada y un poco de color a los labios. Ya tenia ¿como cuánto? ¿unos dos años observándolo como entraba por su café y su pan relleno de queso?. Si, algo así.

La verdad es que no tenía la certeza si hoy vendría o no porque, de hecho, no venía diario. En una buena temporada venía cuatro veces a la semana y en una mala llegó a pasar hasta mes y medio y no se apareció, quizá alguna complicación lo llevó a la capital y pues simplemente, no se paró por el local.

Estos días eran una buena temporada afortunadamente. Cuando entraba se le veía un semblante relajado, como que siempre venía de algún lugar y seguía digiriendo sus pensamientos de lo que acababa de hacer. Quien sabe a que se dedicaría. Solía usar unas camisas delgadas de algodón a cuadros pequeños, un poco estilo de señor. Le habría gustado poder decirle que hacen magia los cuadros grandes. Quizá pueden hacerle perder a un hombre hasta 5 años así de golpe.

En fin, que empezaban a enfriársele las manos y a temblarle un poco la mandíbula por los nervios, aunque sabía muy bien que si daban las 2:15 y no llegaba, entonces ya podía nuevamente soltar el aire, desfajarse la blusa e ir a la cocina a empezar a lavar las tazas que se acumulaban en ese rato.

Su amiga Mati le ayudaba siempre pues ella estaba incapacitada para ir a preguntarle a su mesa que iría a ordenar. Se tardó unas tres servidas para darse cuenta que simplemente el acercarse la ponía mal, en el buen sentido de la palabra. En cuanto ese sentimiento le hizo "clic" algo pasó que ya no se pudo acercar más y sólo podía medio voltear para verlo un poco y alimentarse con ello las veintitrés horas y media restantes del día.

-¡Ahí viene, ahí viene!- pensó, y hasta las puntas de los pies se le contrajeron. ¡Que horror! ¿por qué se tenía que poner así? se odiaba a si misma por ser así de tímida y estúpida. Cada día era un día ganado y desperdiciado a la vez, pues quien sabe cuánto tiempo le iba a durar el gusto de que "él fuera a verla". Quizá un día se mudaría a otro lugar y ella se quedaría como la mujer de la canción que se quedó para siempre en el muelle esperando a su amor. Se odiaba.

Para ese momento Mati ya lo estaba atendiendo. No sabía porque a ella le resultaba indistinta su presencia, podía sin mayor problema acercarse, preguntarle acerca de lo que iba a pedir (aunque ellas ya lo sabían), y de cuando en cuando veía que hablaban dos palabras de algo más, no sé, que si la mesa estaba desnivelada, que si tendríamos la empanada de jamón o que si hoy podría no estar tan caliente el café, que porque ahora con el calor le estaba agradando más frío. Ok.

Y ella se tenía que aguantar sin reclamarle a Mati. Su amiga tenía el valor que ella no así que podía mínimo llevarse la gloria de su conversación.

Ese día venía especialmente guapo, usaba un polo blanco y jeans. ¿Cómo podía ser tan bello? se lo preguntaba. ¿Cómo podía vivir consigo mismo?, ¿porqué todos/as los/as demás a su alrededor actuaban como si nada pasara?, ¿por qué las chicas de la mesa de al lado seguían hablando y viendo sus teléfonos igual como lo hacían hace diez minutos y por qué a ella ya casi le daban ganas de vomitar de la revoltura de estómago que le producía su presencia?.

Pero ella hoy se sentía guapa, sabía que hoy era un buen día para su cabello y que traía buena actitud. La orden fue un capuccino y un trozo de pay de limón.

Le dijo en voz baja a Mati: -¡Güey!, yo hoy se lo preparo-. Mati no entendía bien a bien la intención de esa palabra, pero sabía que su amiga la usaba cuando estaba nerviosa, cuando derramaba agua, cuando se quemaba con el vapor o cuando rompía algún plato. Eran de esas palabras que se usan en otras latitudes y que tienen como cien significados diferentes dependiendo de la ocasión y entonación. -Ok-, le contestó sin ofenderse.

Tenía un plan, sería hoy o nunca. Le dibujaría un corazón con la espuma de la leche así como lo aprendió a hacer en sus cursos de barista. Sabía bien que ella era capaz de dibujar un buen corazón y eso le dio aún más valor. Si bien le iba, la voltearía a ver y le sonreiría.

¡Pues ya! controló el temblar de sus manos para que el corazón quedara muy bien. Puso un platito debajo y sin pensar más, porque si pensaba no iba, salió del mostrador concentrada sólo en no tropezar ni derramar el contenido, de lo demás sabría Dios que iba a pasar.

No se dio cuenta que durante el tiempo del corazón, había entrado una señora, a su parecer ya algo grande, y caminando se acercó a su mesa. Lo que si le tocó ver fue como a él se le alegraron los ojos, se puso de pie y la saludó con un abrazo y un beso en la boca. No supo si se quedó pasmada un rato pues vio completa la escena de como tomaban asiento, como él le agarraba la mano y quizá le preguntaba cómo estuvo su camino. Ella hablaba sonriendo, claro, y se abstrajeron en un mundo donde sólo cabían los dos.

En ese punto regresó a su realidad y, sin temor a quemarse, metió enseguida el dedo a la taza para deshacer su dibujo. Le hizo una seña a Mati para que atendiera y fue a esconder su taza entre la máquina de expreso y la de frappé.

-¡Güey!,¡Güey!- se decía mentalmente utilizando ahora la palabra con un sentido distinto. Se dió un minuto para reestablecer sus signos vitales a un nivel de supervivencia adecuado y viendo su café desdibujado se dijo: -¡Ni modo! ¡pues ya! no nacimos juntos. Supongo todo estará bien.-

Sin voltear, llevó su taza para la cocina, se puso el delantal y empezó a lavar los trastos, empezando por esa taza que a través del dedo extrajo el dolor que le causó que alguien más, a su vez, desdibujara su corazón que felizmente latió por tanto tiempo.


sábado, 27 de agosto de 2016

Introspección

Pasó una gran parte de su vida buscando a quien le interesara lo que era, lo que hacía, como era, lo que quería. Que le cumpliera todos sus deseos, que fuera su prioridad, pero que además fuera amable, inteligente, alguien con quien se pudiera platicar, que tambien tuviera aspiraciones y que no pensara que el dinero o los orígenes son una limitante para hacer cosas nuevas.

Mucho tiempo se refugió en si misma, eso lo aprendió aún siendo una niña y ya en ese tiempo practiaba la introspección para escribír historias donde ella misma se retrataba auto analizándose y creando diálogos consigo misma.

Nunca fue la niña de los moños y los vestidos, tampoco la del peinado perfecto que se mantenía durante todo el día. Cuando se veía a si misma saliendo de la escuela con las calcetas abajo y la blusa desfajada, sabía que la vida no podía ser perfecta y que debería trabajar si quería tener algo bueno en la vida ya que por niña linda no le iban a caer las cosas del cielo.

Se acostumbró a su papel y a ver desfilar muchas cosas fáciles delante de sus ojos que no iban a ser para ella. La introspección le ayudaba a sobrevivir y a no dejar de hacer las cosas lo mejor que se podía, a relacionarse un poco y a no decaer ante el ambiente familiar que a veces le rodeaba.

Había cosas fantásticas, si, que duraron una temporada y que involucraban a sus seres mas queridos. también hubo otras devastadoras que le provocaban inseguridad y un coraje/tristeza entremezclado que aún queda por ahí en algún recoveco pertinaz de su corazón.

En algún momento conoció algo que finalmente le dió esa satisfacción que los amigos, las pijamadas, los apapachos de mamá, los vestidos, las salidas y demás recompensas rápidas no le habían dado. En algún momento alguien le dijo que era buena pensando y sintió lo que se debió haber sentido si un chico le hubiera enviado una carta de amor anónima, o si hubiera tenido amigas con quien reir y bailar, o si hubiera podido usar algo lindo sin sentirse prostituta frente a la mirada de su familia. Esa familia tan grandiosa y a la vez tan asfixiante.

Entonces ya había una manera de llamar la atención, de manera positiva y conservadora pero a la vez agresiva, sacando un provecho que eventualmente se transformó en una manera de irse ganando la vida, aunque de esa manera resultaba unas 150 veces (o más) más difícil que simplemente usar una falda corta y justa y maquillaje, como algunas compañeras suyas ya lo hacían desde aquellos años de la secundaria donde, por el contrario, ella aprendió a recibir el "amor" de esa manera tan sacrificada.

Eso le resultó buena estrategia por mucho tiempo, mas del debido quizá. De su lado la vida pasaba en cámara lenta y del otro la gente evolucionaba normalmente. Al principio no le importaba, intermitentemente le llamaba la atención, alguna vez le llegó a preocupar pero hoy en día ella afirma abiertamente que, aunque ha intentado, sigue sin importarle que la vida evolucione y ella siga sintiendo que sólo es una espectadora de todo eso prefieriendo seguir mirando sin quererse involucrar.

En algún punto en el camino ella sintió el amor, ese amor que ya no era una calificación puesta en una hoja sino un amor de alguien que vivía y respiraba y cuya decisión propia había sido amarla.

Eso si era una sorpresa y con tan poca experiencia en el rubro, claro, a cagarla. ¿Cómo se pone a hacer un pastel de fiesta a alguien que apenas si sabía tostar pan sobre una sartén? Faltaban muchas, pero muchas millas de vuelo. Eso la vida no lo perdona. Mientras sea uno mismo si, las cosas van y vienen a voluntad, pero cuando hay alguien mas involucrado eso ya no depende de una sola voluntad. Y a nadie le gusta sentirse malquerido, y de ser así... se va.

"De 15 a 20 años de desfase" es lo que ella pensaba, "¿cómo hacer para recorrer ese camino más rápido y emparejarme con los demás?". Quería apresurarlo y no lo lograba, no entendía que hay cosas que ya no dependen sólo de una persona. Volvió a sentir el amor pero siempre faltaba algo, siempre había una lastimadura por querer obtener lo que sólo se obtiene si se es bueno queriendo, y ella no lo era.

Alguna vez la quisieron y ella sólo sentía repuslión ¿acaso había que pasar por eso para estar con alguien que todo parecía indicar que era "adecuado"? lo dejó pasar y nunca más se arepintió. Afortunadamente cada experiencia le hacia recorrer muchos kilómetros que le estaban haciendo falta. Pero aún se sentía atrás.

Otra vez sintió el amor ¿o era soledad?. Era soledad, según lo entiendíó varios años después, pero le ayudó a sobrevivir hasta que finalmente pensó que se haría cargo de su soledad y no estaría compartiendo lo poco bueno que había construído cuando todo parecía indicar que se enfilaba a un declive sin salida que sólo iba a detener esa evolución que ella se esforzaba en continuar.

Aprendió a vivir sola, no de afuera sino de adentro, recurriendo siempre a esa introspección que tanto le había ayudado a vivir todo el tiempo. Una amiga introspección que sempre estaba ahí para lavarle el cerebro cuando algo le hacía sentir mal y que la impulsaba a hacer grandes cosas por cuenta propia. Ella y su amiga se la pasaban bien, tenían grandes momentos y todo lo solían plasmar escribiendo multitud de historias que alguna vez alguien más consigió leer.

En una etapa plena con su introspección ella se enamoró, quizá fue el amor verdadero porque el verdadero amor es abstracto y su amor era toda abstracción, una abstracción que ella decoraba, traía y llevaba a placer, sin limitantes de horario, documentos, compromisos ni nada. Elevándolo o evadiéndolo de manera estratégica para recibir sólo lo mejor de todo eso. Opio puro para el espíritu, de eso que te evade del mundo y te deja sólo lo mejor por un rato... aunque para ella eso era ya la vida. Respiraba de eso tan bueno y vivía de él, se movía gracias a él y finalmente tuvo un por que vivir.

Las recaídas en la realidad a veces dolían, pero no importaba, simplemente aspirando un poco de eso otra vez el mundo se volvía mejor, era un mundo apto para vivir, ella lo moldeaba como plastilina y si faltaba algo tenía el poder para encontrarlo y ponerlo en el sitio perfecto donde todo funcionaba como siempre lo había querido.

Un día el opio se acabó y ella no entendía por qué. Aprendió mucho en el camino pero aún faltaba lo mejor, trabajó mucho por ello y simplemente un día supo que no lo iba a obtener. Como adicto en abstinencia, a veces se enojaba, otras decía que no le importaba, otras lloraba y otras mas ardía en ganas de gritarle y gritarse lo peor.

La soledad en su pecho volvía a crecer aunque alguna vez pensó que ya no volvería a sentir jamás. La vida la estaba arrojando nuevamente a los brazos de su amiga introspección con quien ya antes se las había arreglado tan bien. Ella se resistía pero sabía que no habría alguien mas por el momento para recibirla así como estaba de dañado su corazón.

Se las arregló para armarse una cumpleaños con alguien que no fuera ella misma. El lugar era perfecto para estar con alguien amado pero al final, estaba sólo con unas amistades y sabía que su felicidad no podía llegar mucho más allá.

Bebió, quizá un poco mas de la cuenta sabiendo que, como no la amaban, más valía detenerse y asegurarse de llegar con bien a casa. Ya ahí necesitaba sentir amor, la soledad se instalaba en su pecho, ahí justo donde se acumulaban las cosas que prefería no recordar. Pensó en terminar lo que empezó y bebió de una botella que tenía por ahí.

Cada ida al baño era mas dificil, la casa le daba vueltas y sentía alivio cantando canciones que hablaban de su amor. Lo buscó y lo encontró. Le dijo que sufría por él y que su corazón no se podía recuperar, que le ayudara por favor. Pero el ya tenía un nuevo amor, un amor sencillo, un amor sin esfuerzo, un amor de esos por soledad que ella ya conocía bastante bien.

Entendió que era tiempo de soltar a su amor, de dejarlo vivir, de ella vivir con lo que tenía y en ese proceso ese mundo de fantasía se empezó a quebrar por detrás de cada paso que daba.

Los escenarios, los personajes, los grandes libretos que ella inventaba todos los días se quedaban atrás. El mundo ya no era tan moldeable y hora sólo lo que le rodeaban eran personas y sucesos reales. La magia se fue con su amor, su fantasía, su vitalidad. Todo lo empezó a guardar en una caja de esas que prefirió guardar allá en lo alto de su armario para, de cuando en cuando, asomarse a ella y darse cuenta con nostalgia lo bueno que fue todo eso y lo mucho que lo sigue extrañando. Ya sin llantos ni rabietas, ahora sólo lo recuerda y se siente afortunada de, al menos, haber sentido el amor alguna vez.

Ahora la vida la compensa con comprensión, compañía, buenos momentos, charlas y experiencias, pero la vida real es de una superficie sinuosa, no tan facil de sortear como cuando ella vivía en ese otro mundo ideal donde las canciones podían llevar un mensaje, donde las experiencias vividas en el mundo real se contaban como anécdotas de algo paralelo y no tan trascendente, y donde sus ojos se llenaban completamente al contemplar a su amor.

Ella empieza a olvidar detalles de su mundo, de como era su amor, de como era ella antes de todo esto y le preocupan mas temas del trabajo, de los pendientes y de que dirán los próximos examenes médicos pues pasa el tiempo y el cuerpo va dando señales de ello aunque no se quiera.

La promesa es de que, si acaso hay otra vida, ella lo intentará de nuevo, quizá con más valor para lograr llegar hasta el final. Ahora sólo es una espectadora de su amor, aunque al final de cuentas es mejor por lo menos mirarlo que no volverlo a ver jamás. En el fondo le da un poco de pena verlo en escena. Es como ver a un cachorro aferrarse a una carnaza que no será alimento jamás pero, así debe de ser. El corazón se ha puesto una venda para que no mire y le resulte indistinto esas visitas ociosas que ella hace a su pasado... pero su amor sigue ahí y ella no lo podrá dejar de ver jamás.

lunes, 22 de agosto de 2011

El encerrón

Todo mundo le decía que no pensara en esas cosas, que lo importante era disfrutar lo que hacía en ese momento y que ya habría un día en que se debería preocupar por eso, pero que ahora no, según decían aún estaba muy jóven. Un tiempo hizo caso a esas recomendaciones y se la pasó medianamente bien, bueno, ¿para qué engañarse? hubo ocasiones en que si se la pasó completamente bien, pero ya había pasado más de un par de años de eso y ella aún no veía claro.

Secretamente se empezó preocupar pues había cosas que no es que ella no quisiera que sucedieran sino que simplemente no sucedían. Si todo dependiera de ella podría ponerle solución pero en estas cosas uno siempre depende de alguien más.

Se venía el tiempo y ella pensaba que ya se le estaba pasando la hora. A su edad muchas ya habían salido de eso y ahora tenían vidas productivas y ya se dedicaban a educar a otros más pequeños. Pero ella no, en realidad era para preocuparse. Si simplemente pudiera quedarse todo el tiempo feliz ahí entre sus papeles, sus libros y su computadora y de cuando en cuando salir a la calle a tomar un café o a hacer un viajecito todo sería perfecto, pero no, la naturaleza de la vida dictaba que ya se le estaba pasando la hora.

Realmente preocupada por esa situación decidió hacer una cita con el doctor que le había estado dando seguimiento en los últimos años y le explicó su situación. Mientras le contaba no pudo evitar que los ojos se le pusieran rojos pero obedeciendo a su dureza de carácter se tragó esas lágrimas que no iban a resolver nada y menos frente a él.

Entonces, el doctor humanizándose un poco, le dio un consejo que advirtió era muy personal y que sólo obedecía a su experiencia pero que obviamente de manera científica suele funcionar. Ella lo escuchó con atención abriendo cada vez más los ojos. Mientras lo escuchaba ella pensó que todo eso era muy drástico y muy aventurado y que nunca, ni en otros tiempos había hecho algo así por muy apurada que hubiera andado.

Lo que él le recomendó así ya sin más tapujos fue darse un buen encerrón de unos tres días por lo menos. Le recomendó que aprovechara esa época en la que se avecinaban las vacaciones para intentarlo una vez más pues quizá en ese periodo el ambiente veraniego le ayudaría a estar más relajada y podría obtener mejores resultados. Lo importante es que tuviera a la mano todo lo necesario pues estando de vacaciones todos los negocios y servicios estarían cerrados así que difícilmente iba a conseguir algo de emergencia por lo que tenía que planear bien todo, checar el calendario y calcular bien sus tiempos y cuando creyera que era el momento, darse ese encerrón y ¡a fuerza que iba a salir de ahí con eso resuelto!

-¡Glups! Pero… ¿en vacaciones? Yo siempre suelo estar esos días con la familia ahí en la casa… lo van a notar- dijo ella.

-¿¿Ves?? Por eso no resuelves nadaaa- le dijo el doctor perdiendo su compostura habitual porque se empezó a desesperar. -¡Tú sola te estás dando cuenta de cuál es tu problema y si no le pones solución ya será tu responsabilidad!- le dijo en un tono que nunca le había escuchado.

-Pues… está bien- dijo ella un poco avergonzada por toda esa charla. Ahora su preocupación era por cumplir con aquello que le habían encomendado.

E hizo eso: preparó todo, fue a una farmacia del centro a conseguir lo que le hacía falta pues sólo ahí conseguiría de ese tipo de cosas raras que necesitaba y aunque era penoso ir hasta el centro a conseguirlo con tanta gente ahí amontonada sobre los mostradores, eran días de asueto y los proveedores que usualmente llevan esas cosas a domicilio también estaban de vacaciones. Incluso alistó comida para tenerla a mano cuando le diera hambre y estuviera demasiado ocupada tratando de resolver ese asunto.

Tenía todo listo pero al final se dio cuenta de un pequeño detalle: le estaba haciendo falta un amigo para llevar a cabo su plan. Hubo uno al que se encontró casualmente en el chat, le platicó su proyecto y el otro sin protestar mucho se ofreció a “ayudarle”.

¡Y para que contar el intermedio! sólo basta decir que después de los tres días terminó hecha una piltrafa, cansada, mal comida, mal dormida, sucia y despeinada, ¡y con un dolor de espalda! que sólo se iba a arreglar con un buen masaje, pero con una sonrisa de oreja a oreja de esas que pocas veces le salía natural.

Todo había salido bien y su amigo, que no compartía su preocupación pero que muy “caballerosamente” se había prestado a ayudarle en su proyecto, también estaba contento de haber contribuido a que ella lo lograra y se la pasara bien.

Aunqueee… en realidad para esa hora él ya estaba bien aburrido de haberle enviado mails cada media hora para desearle éxito en su trabajo y para decirle por millonésima vez que confiara en ella misma, que era capaz de llevar a cabo esa maldita reacción, que su proyecto iba a estar terminado para la fecha en que se lo pedían, que los gráficos le estaban quedando muy bien y toda esa linda letanía de palabras de aliento que los amigos se dicen cuando se necesitan en momentos difíciles.

Ella terminó el verano con el trabajo y el reporte terminado y muy feliz de haber sido capaz de salir de ese pendiente que ya le carcomía el ánimo desde hace algunos meses.

Pero claro, por salud mental su amigo después de eso se tuvo que dar vacaciones de ella y la marcó como “bloqueada” en todas sus redes sociales casi hasta la Navidad.


martes, 15 de febrero de 2011

Sobre el amor y la desconfianza

Existe un momento en la vida en que uno se tiene que decidir a hacerlo. Siempre dijeron que era una gran responsabilidad y que pensara bien si realmente estaba preparada. Tantos años leyendo sobre el tema, preguntando a los compañeros más grandes sobre sus experiencias y haciendo pequeños y penosos intentos de principiante, me hicieron creer que ya estaba lista.

Ya sobre la marcha no es como lo platicaron. Hay ocasiones en que uno no sabe ni como empezar, luego, ya estando ahí surgen imprevistos que hay que resolver con ingenio para no quedar mal. A veces se suda, duelen las piernas, pero en definitiva, lo que más me duele siempre a mí, es la espalda de estar ahí tratando de que todo salga como debe de ser. Hay que ser delicados, pero muy decididos en esos momentos para salir exitosos.

Al final las manos quedan oliendo extraño: una mezcla de hule, sudor y otras cosas raras, pero lo primero que me dijeron es que por nada del mundo se me ocurriera quitarlos durante el acto porque no estaba yo tratando con cualquier cosa, y claro ¡mucho menos llevarme nada a la boca! (eso la verdad de repente se me olvida y no le he hecho mucho caso).

Cuando todo acaba, el lugar queda completamente batido y desordenado, al igual que mi cabello que siempre termina despeinado, pero... ¿áspero? nunca he entendido porqué después de todo eso, el cabello me queda así.

Ya en la noche, cuando todos duermen, se me va el sueño en pensamientos y recriminaciones: "...lo debí haber hecho así..., ...debí agitar más vigorosamente..., ...quizá si le hubiera dado un poco más de tiempo..." ...pero ya es muy tarde, ya pasó.

Entonces al día siguiente regreso con cierto temor a verle la cara, y si se le nota algo raro es porque entonces algo salió mal. ¿Con qué sorpresita me saldrá ahora? ¡y es que sólo de verlo no puedo adivinar!. Voy a tener que interrogarlo para que me diga la verdad y si es necesario incluso utilizaré métodos de tortura. Lo voy a poner frente a una luz intensísima y lastimosa para ver que información me suelta, y después de eso lo voy a someter a electroshocks y ahí si que no podrá quedarse callado el muy sinvergüenza.

Al final, ya algo magullado, me dirá toda la verdad. Me dirá que lo hice bien, que soy la mejor, que sin mi no sería quien es hoy y que casi me debe su existencia (que siempre ha sido un poco dura, a decir verdad). Que me agradece todo el tiempo y dedicación que le he otorgado y que si quiero puedo ir a divulgar lo nuestro sin omitir detalles, claro, si es que eso a mi no me causa problema o algún empacho.

Entonces yo me siento culpable por haber desconfiado de él. Le digo que cómo puede decir eso, que yo lo quiero mucho y que a pesar de que sea tan calladito, medio gris y más rígido que una tabla, me da muchas satisfacciones, que no sabría que hacer sin él y que nos espera una larga vida juntos, por supuesto, si él quiere acompañarme.

Le digo que él es mi tesoro, mi joya. Y como después de tanto maltrato todavía no me cree, le digo: "Está bien, te lo confieso aunque eso saque el lado débil que no me gusta mostrar... eres la gema que con sus brillos le da destellos de felicidad a mis días".

viernes, 24 de septiembre de 2010

sábado, 17 de abril de 2010

Cambiándoles la historia

Bien, pues habrán notado que dejé inclonclusa mi novela y no porque no hubiera historia que contar sino más bien porque prefiero de momento no tocar el tema de los sismos porque quizá no es tan gracioso en esta época en que han ocurrido tantos y tan desastrosos en diferentes partes del mundo (incluyendo México) así que se los cambio por un cuento corto que escribí hace ya un buen número de años, quizá unos 15, modifiqué un poco la versión original para hacerlo más rápido. Y bueno, si quieren pueden considerarlo como una historia paralela de la protagnonista de la novela anterior. Yo espero que les guste, se las dejo y la termino ilustrando con un video que encontré.


"Mi amiga"

Está lloviendo afuera y no es que me moleste pero esta lluvia repentina me ha venido a poner un poco triste, no sé como le dicen los mayores, creo que le dicen “melancolía”, pero yo, aquí sentada en la alfombra color mostaza de mi habitación me pregunto: -¿melancolía de qué?-, a mi edad por lo general las niñas no se sienten así, es más, a mi edad uno nunca tiene motivos para ponerse así. Lo normal es pasársela jugando, hacer renegar a la mamá porque no le quisimos dar de comer a la mascota o ver caricaturas hasta la saciedad. Pero yo, teniendo la televisión en el cuarto contiguo no me siento con el mínimo deseo de ver nada. Sólo estoy aquí, como ya dije, sentada en la alfombra que aún huele a nueva, con dos camas pequeñas a cada lado mío, impecablemente arregladas con colchas sencillas pero muy limpiecitas y femeninas.

He de decir que comparto la habitación con mi hermana y la quiero mucho, ella juega conmigo casi todos los días y lo bueno es que es más chica que yo porque mi hermana mayor ya me pone cara de aburrida cuando le pregunto si quiere jugar conmigo, pero no importa, la perdono porque yo ya he pasado muy buenos momentos con ella y sabía muy bien que en algún momento tendría que crecer.

Con mi hermanita me basta y me sobra, aunque ella ahora no está aquí, está con mi mamá en la mesa del comedor intentando con insistencia aprenderse de corrido el abecedario. Así de chiquita es y ya con eso es de imaginarse mi edad... yo no paso de los diez años, ya no estoy tan chica pero aún me siento una niña. En algún momento comí demasiado bien y he crecido un poquito más que las demás, y no es que esté enorme pero soy la más alta en la fila de las niñas de mi salón y eso a mí me encanta.

Lo malo de crecer es que en Navidad ya no abundan regalos para mí como en otros años aunque eso ya no me importa mucho porque cuando cumplí los siete mis papas me dijeron que me iban a comprar el juguete que más me gustara, así que fuimos a un pequeño almacén cerca de aquí y vi una muñeca preciosa en una caja muy grande. Bueno a esa edad creo que hasta me costaba trabajo cargarla, ahora ya la vería normal pero en ese momento la sentí enorme, majestuosa, era la caja más bonita. 

El precio nunca lo supe. Cuando uno es niño esas cosas nunca importan aunque luego los papás se encuentren en verdaderos aprietos para complacernos. Llevé esa caja en el auto esperando impacientemente llegar a la casa para abrirla y cuando menos me di cuenta... ya tenía esa hermosa muñeca de cabellitos morados en mis manos.

No era una muñeca ordinaria, era una muñeca diferente a lo que yo estaba acostumbrada a tener. Mi muñeca, porque ahora ya era mi muñeca, tenía unos ojos negros grandotes con destellos azules así como de caricatura japonesa, una naricita chiquita como del tamaño de una palomita de maíz sin reventar, cejas pequeñitas pero muy bien delineadas y una boca sencilla pero sonriente. Pero lo que resaltaba más, aparte de todos esos detallitos, era su lacio, largo y estambroso cabello morado. 

“Estambroso”, esa palabra no me suena mucho, de hecho me la acabo de inventar pero es que, ¡caray! ¿cómo le digo si era de puro estambre su cabello?, cosa bastante rara en una muñeca moderna  porque todas tenían el cabellito rubio o castaño pero de plástico y el de mi muñeca no, era de puro estambre porque era una muñeca con cabello especial para poder cortárselo.

Ahora que hago un recuento me doy cuenta de que ni una sola vez le corte yo el cabello, todas las veces se lo cortó mi hermana mayor porque sinceramente... a mí me daba miedo hacerlo mal. Es entonces de suponerse que me sigue dando miedo porque a la fecha, aquí sentada en mi alfombra, sólo me limito a alaciarle el cabello una y otra vez con su cepillito morado. 

¿Será que es por eso que hasta el día de hoy me gusta tanto el color morado?. No puedo evitar sonreír al hacerme estas preguntas tan tontas y tan profundas a la vez, ¡en fin!. Cepillando y cepillando, sentada de costado sobre mis pantorrillas como toda una señorita me siento muy feliz cada que volteo a mi muñeca para verle el rostro y descubrir que su boca me sonríe más porque la estoy poniendo muy bonita. 

Esta muñeca es como mi otra hermana, es como la vecinita que nunca tuve que después de comer viene a jugar conmigo, es como... como mi otro yo. Ella es como yo y por eso es que nos aguantamos tanto tiempo, por eso ella aguanta aquí conmigo oyendo todas las cosas que pasan por mi mente. Ella lo sabe todo, todo, hasta lo más penoso que a mi corta edad he podido vivir, por eso a veces la trato con cierto respeto, no se me vaya a rebelar un día y platique con sus negros ojos todos los secretos que son sólo de nosotras dos.

Amiga... ¿eres realmente mi amiga o es que una persona tan linda como tú sólo quiere a niñas buenas y lindas de bellos cabellos morados?, yo sólo soy una niña, una niña normal que te necesita mucho. Por favor ¡no te vayas! si por alguna razón un día te veo en manos de alguien más que se divierte contigo puedo pensar que la prefieres. ¡Perdóname!, mira, no te quiero atar a mí pero es que yo te quiero mucho. A mis diez años eres mi única amiga. Pero... ¡Hey! ¡Estás sonriendo y tus ojos negros brillan más!... ¡Si me quieres! ¿Sabes?... Tú sabes que te quiero mucho así que no diré más.

Algo me distrae de mi diálogo. Es el llavero de mi papá que suena al abrir la puerta como ha sucedido siempre a esta hora de la tarde desde que tengo memoria. Algo me angustia, mi papá me va a llamar para que ya pronto vaya a comer. ¡Amiga! ¡no me quiero ir!.

De pronto siento algo raro, así como cuando un buzo emerge de la profundidad del mar. De repente, me hallo sentada en la alfombra de mi habitación... ¿en mi habitación?. Estoy sentada de costado como toda una señorita pero mis pies ahora lucen unos zapatos color crema de tacón bajo y, recorriendo con la vista, me doy cuenta que mis piernas visten un pantalón azul marino, bastante formal para una niña de mi edad. De lo demás ya no me di cuenta, sólo vi que unas manos grandes y bronceadas con un anillo de plata en un dedo sostenían, una, la cabecita morada de mi muñeca y otra, el pequeño cepillito morado que descubrí cuando abrí mi puño.

sábado, 16 de enero de 2010

"Un día es suficiente para dejar huella" - Novela

Capítulo 3

Magda y su hermana entraron a casa percibiendo un ambiente raro, denso. Quizá toda la agitación que observaron en la escuela las dejó con una extraña sensación de zozobra que persistía en los rostros de sus papás los cuales les dijeron que se quitaran el uniforme y que se fueran a jugar a su cuarto pues no había energía eléctrica y ver la tele no iba a ser una opción.

Ellas obedecieron sin saber bien que estaba sucediendo, pero ¡eso si! lo importante era que no había habido escuela, de hecho, aún algunos años después cuando Magda pasaba en carro o caminando frente de su escuela los fines de semana, siempre se imaginaba lo increíble que sería que un día apareciera en el encabezado de los principales periódicos: "La Escuela Primaria Fulano de Tal sufrió un ataque de grupos extremistas y un par de bombas la desaparecieron de la faz de la Tierra...". Eso dentro de la imaginación de un niño es un verdadero goce.

Iba acercándose la hora de irse a la clase de gimnasia olímpica, Magda la practicaba desde los cinco años y Lucy ya llevaba casi un año practicándola también. A Magda le gustaba ver a su hermanita correr pues lo hacía de una forma muy graciosa, levantando muy alto los pies hacia atrás a cada paso que daba, definitivamente Lucy siempre tuvo mucha gracia al moverse.

Toda la tarde sus papás habían estado pegados a la radio de pilas, una pequeña radio con forma de lata de Sprite que era un refresco muy famoso en aquella época. Dudando un poco, las niñas se prepararon pero Raúl, su papá y médico de profesión, les dijo que hoy no irían al gimnasio así que deberían volver a cambiarse los leotardos con que ya se habían vestido. Todo un día de actividades frustradas y de desconcierto.

Ya todos reunidos en torno a la pequeña radio se fueron enterando que el terremoto había afectado la zona centro, sur y occidente de México y que se creía que había sido el más significativo y mortífero de la historia registrada en el país. Mas tarde se enteraron que el Distrito Federal, donde ellos vivían, fue el lugar que resultó más afectado. Decían que el fenómeno sismológico se suscitó a las 7:19 a.m. Tiempo del Centro o 13:19 horas UTC.

-¿Cuál centro?, ¿cuál UTC?- se preguntaba Magda en silencio pensando que algún día tendría que saber todas esas cosas que quizá sólo los grandes entendían. También escuchó que el locutor decía que había tenido una magnitud de 8,1 grados en la ¿escala de Richter?, definitivamente un día iba a estudiar esas cosas de la naturaleza que le parecían tan complicadas. Luego escuchó las palabras "trepidatorio" y "oscilatorio" cuando describían el tipo de movimiento que se sintió, pero el dato que más le había llamado la atención es aquél donde se mencionaba que una comparación de la energía liberada en dicho evento fue el equivalente a 1,114 bombas atómicas de 20 kilotones cada una.

-!Ooooóraleee!- les dijo a sus papás sorprendida mientras apoyaba la cabeza en sus manos y descansaba los codos sobre la mesa. Ciertamente no sabía con exactitud cuánta energía era esa pero lo que era cierto es que sonaba como MUCHA energía. Sus papás sonrieron discretamente. Lucy sólo se concretaba a peinar a sus muñecas.

La noche llegó y entre la familia se había suscitado un ambiente de profunda unión y cuidado mutuo, "solidaridad" era la palabra: Magda cuidaba a Lucy y le ayudaba a preparar su cepillo de dientes para asearse y después ir a dormir, mamá les había dejado lista la cama y les permitió poner todos sus muñecos de peluche alrededor de la almohada para que durmieran acompañadas y papá ayudaba a lavar los platos de la cena que en esa ocasión sólo había constado de sandwiches de jamón con mayonesa, leche y galletas de animalitos.


Mientras era su turno de lavarse los dientes, recordó que tenía un compañerito en la escuela algo inquieto al que le decían "Danielín" o "El Travieso" que no conocía las galletas de animalitos. -¿¡Quién carambas no conoce las galletas de animalitos!?- se preguntaba nuevamente en silencio pues mamá no la dejaba decir esas "palabrotas". Magda pensaba que sólo un extraterrestre no conocería las galletas de animalitos, pero quizá Danielín lo era y por eso se le podría justificar esa ignorancia gastronómica. La verdad que ese niño le caía bien pero siempre le criticaba sus dibujos o las tareas que hacía en sus cuadernos y a veces hasta les quitaba el dinero del lunch a ella y todas las niñas indefensas de su grupo, y con lo que reunía él y sus amigos se compraban varios helados de limón a la salida de la escuela. Ella creía que de grande iba que volaba para prestamista o cobrador de impuestos, sin embargo jamás se imaginó que se lo iba a encontrar muchos años después paseándose por un congreso al que ella también asistió, que la impresionaría grandemente y que incluso la orillaría a decir: -Mmmm, pues si ese Danielín no se puso tan mal, de hecho se puso MUY bien... A ver. ¡Si!, ¡aquí traigo dinero!-.

Después de pensar eso, Magda y su hermana se quedaron solas en el cuarto y como Lucy no se podía dormir, Magda le contó por milésima vez aquel cuento del duende que vive abajo de las camas y que entra a su casa por un agujerito en la pared. Ese si que era un buen cuento y a su hermanita le encantaba escucharlo mientras observaba siempre con la misma curiosidad las ilustraciones del libro de donde se lo leía. Claro, a estas alturas Magda ya se lo sabía de memoria y podía recitarlo perfectamente en la obscuridad de la noche.

Mientras tanto, la ciudad no dormía, esa misma oscuridad y una gran cantidad de polvo que no terminaba de asentarse, dificultaban la visión de la realidad. Una realidad que marcaría la vida y la dinámica de una gran cantidad de familias como la de Magda y de la de una sociedad entera a partir de ese momento.

sábado, 2 de enero de 2010

"Un día es suficiente para dejar huella" - Novela

Capítulo 2

"A mi corazón nada lo puede perturbar

todo viene de afuera y depende de mi dejarlo entrar

nada pasa en mi que yo no quiera

todo estará bien si esa es mi voluntad"


Magda dejó de escuchar la voz de su madre cuando su propia voz empezaba a dictarle cada vez con mayor fuerza estas palabras. Repitió estas frases unas treinta veces durante los casi dos minutos en que ella y su familia se sujetaban firmemente al marco de la puerta y entre ellos mismos. Nunca supo de donde sacó la lucidez para hilar esas palabras que, tiempo después, supo que perfectamente podían definirse como un mantra para decretar el bienestar. Tanto lo repitió y tanto lo creyó, que a partir de ese día siempre utilizó esas frases para reconfortarse cuando se sentía mal.

De repente todo terminó. Los crugidos se dejaron de escuchar, el vaivén de las puertas poco a poco se detuvo, y el perrito finalmente empezaba a caminar agilmente en círculos enmedio de ellos.

Lucy lloraba quedamente abrazada a la pierna de su madre que la consolaba acariciando su cabeza, mientras tanto, Magda no podía dejar de asirse firmemente a la madera, y con la mirada aún sorprendida por el acontecimiento que acababan de experimentar, alzó la mirada hacia su padre.

-Fue un temblor, pero todo está bien- les dijo su papá.

¿Un temblor? ella no sabía bien a bien la definición de esa palabra, sin embargo en ese rato la había entendido perfectamente. Su papá se separó de ella y junto a su madre fueron a inspeccionar la casa. Magda tomó de la mano a Lucy y siguieron en silencio a sus padres mientras ellos se movían rápidamente por todo el lugar.

-No hay luz Ara- le decía papá a mamá mientras ella con cara de preocupación detectaba algunas cuarteaduras en la pared del patio trasero. En eso recordó que Magda aún no estaba lista para la escuela.

-Magda ¡ve a cambiarte!, ya casi es hora de irte- le dijo mamá, así que Magda pronto corrió a su cuarto a ponerse el uniforme y peinarse como mejor pudo hacerlo. Bueno, por lo menos ese día sólo se pondría una diadema y olvidaría las ligas que ataban brutalmente su cabello, luego fue a la cocina a tomar el desayuno junto con su hermana. Sus papás seguían hablando y caminando en todas direcciones y cuando ya fue hora de irse a la escuela fue cuando la familia se dió cuenta de como estaba la situación más allá de las fronteras de su casa: todos los vecinos estaban en la calle, hablando entre ellos y preguntándose que había pasado y que habría de pasar.

-Vámonos- dijo su papá y de la mano las llevó a la escuela que estaba a pocas cuadras de su casa. Durante el recorrido toda la gente tenía el mismo semblante: sopresa mezclada con incertidumbre de lo que estaba pasando y una cara de extrañeza como nunca se había visto.

Llegando a la escuela el tumulto en la entrada no era normal. Algunos niños estaban afuera, otros adentro pero como el papá de Magda trataba de que sus hijas no se alarmaran más de lo debido, les dijo: -aquí quédense, no pasa nada, si no, yo vengo por ustedes al rato-. Les dió un beso y las vió meterse a la escuela. No obstante, en el fondo del pecho sentía una ligera preocupación.

-¡¡Se va a acabar el mundooooooo!!- pasó gritando un niño por el patio de la escuela. Evidentemente para él todo eso era un juego. Lucy, que recién ese año acababa de entrar a primer grado, volteó a ver a su hermana mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Magda sabía que su hermanita estaba asustada y sólo acertó a decir: -Lucy, no te preocupes, abrazate a mi, yo te voy a cuidar-.

Magda no sabía que ese sería el karma de su vida: apoyar a gente más débil que ella, inculcarle valor e impulsarla a volar. Años después una mujer con dotes sensibles más desarrollados se lo confirmaría con todas sus palabras: ella estaba destinada a ayudar y después a dejar volar sin aferrarse a nadie pues en el momento en que ella se apegara a una persona con problemas, todo su ímpetu podría desaparecer y ella misma podría irse a la ruina emocional. Una vida con fortaleza y desapegos era lo que le esperaba.

En eso, la Directora de la escuela salío al encuentro con los padres diciendo: -Llévense a sus hijos, las clases se suspenden hasta nuevo aviso-. Esto lo dijo después de que junto con el conserje y otros maestros se dio cuenta de que en la escuela también se habían originado algunas grietas de consideración, y como la escuela era de tres pisos no debía tomar esos riesgos: todos los niños habrían de regresarse a sus casas. Lo malo era que algunos papás ya se habían retirado. Como el suyo. Entonces Magda tomando firmemente a Lucy de la mano, se puso en plan de hermana mayor y le dijo con mucha seguridad: -vámonos a la casa, vente, yo te cuido-.

Las dos cuadras de distancia para Magda representarion un triunfo. Muchas veces en esas mismas calles se le había adelantado a su mamá para percibir la sensación de andar sola por la banqueta y ese día se le había hecho realidad su deseo, sin embargo el cuidar de su hermana era una responsabilidad extra que no tenía prevista pero, como nunca, supo conducirse sin problema hasta su casa. Cuando tocó el timbre y su papá las vió en la puerta supo muy bien que Magda ya no era una niña sino una pequeña mujercita en la que podía confiar.

martes, 29 de diciembre de 2009

La Novela - Introducción y Capítulo 1


Introducción

La presente novela surge por una inquietud de contar a la gente de otros lugares o de otras generaciones más recientes a la mía, un suceso importante que ocurrió en la Ciudad de México hace ya algunos años.

El tema me vino a la mente por una imagen y un comentario que hubo en una entrada reciente en el blog, claro que incluir ese hecho como tema de una novela fue decisión propia pues me pareció que había una historia que contar que quizá hasta pudiera resultar interesante si se toma como la narración de un acontecimiento real que marcó la psique de los mexicanos y que ayudó a reafirmar algunos rasgos de la personalidad colectiva de la gente de este país.

En el tintero se quedaron dos propuestas de novela que a mi parecer se iban a los extremos: o me resultaba demasiado alocado y comprometedor el tema o me parecía tan introspectivo que podía incluso aburrir. Ahora me doy cuenta que no es fácil eso de proponer un tema y un texto de lectura para un público de muy diferentes ámbitos sociales como posiblemente es el que me leerá, pero no es sino hasta que uno escribe que se da cuenta de esos sutiles detalles.

El tema debo aceptar que no es fácil de tratar pero, como dije alguna vez: JAMÁS pondría algo feo en mi blog así que pueden leer con confianza, sin embargo creo que hasta que no reciba algunos de sus comentarios pondré el Capítulo 2. Estoy abierta a todo tipo de opiniones y si les parece interesante, le sigo, si no, podríamos sacar del aire la historia y sustituirla por otra, créanme, por mi no habría problema. En lo personal creo que tarde o temprano habría tocado el tema, si no es que ya alguna vez lo he tocado, pero no tan ampliamente, asi que, sin afán de crear más expectativa porque quizá no es para tanto, les dejo aquí mi Capítulo 1 y espero sus comentarios. Nada me dará más satisfacción que complacerlos.

La autora.


Capítulo 1

Amanecía en la Ciudad de México, ese día a las 6:45 am se asomaron los primeros rayos del sol, o por lo menos eso fue lo que dijeron los noticieros de la mañana, Predecían también que el sol se ocultaría a las 21:05 hrs. Habría que ver si era cierto, total, los meteorólogos de la televisión generalmente se equivocan.


Mientras tanto, en una casa de la zona sur de la ciudad así como en muchas otras casas, se empezaba a movilizar la familia desde antes de que esos primeros rayos se asomaran por las ventanas del segundo piso. La señora de la casa y mamá de dos niñitas adorables, Magda y Lucy, preparaba ya en la cocina un atole de arroz y huevos tibios para el desayuno mientras que el papá, un señor de bigote y muy bonachón, se encargaba de preparar el agua para el baño de las niñas que debían irse a la escuela muy limpiecitas como siempre.

Acababa de iniciar el año escolar y la mamá descansaba verdaderamente cuando sus hijas por fin estaban en la escuela, durante las vacaciones anteriores le resultó agotador tenerlas entretenidas en casa porque a veces, como buenas hermanas, se peleaban por los mejores juguetes y eso la exasperaba. Sin embargo, ese jueves después de que se hubieran ido, tomaría un momento de descanso y un buen café a solas después de desayunar, lo cual no le caería nada mal porque las mañanas eran un verdadero "corre y vuela" para evitar que se les hiciera tarde a todos.

Ándale Magda!, ¡ya levántate!, Lucy ya se bañó y sólo faltas tú- le decía su papá.

Magda, de 9 años, no solía ser floja para levantarse pero es que la noche anterior su perrito había estado muy inquieto y no la había dejado dormir bien pues estuvo arañando su puerta para que lo dejara entrar, claro que a ella no le gustaba tenerlo adentro así que el can mejor optó por ir a buscar refugio a la habitación de su hermana donde si fue mejor recibido. La verdad es que ella no sabía por qué "Manchitas" se había puesto así si nunca se inquietaba por la noche, eso sólo sucedió cuando era un cachorro pero su anterior comportamiento le había intrigado un poco. En ese momento jamás se imaginó que no iba a ser sino hasta muchos años después que iba a enterarse que fue lo que posiblemente le había pasado a su perrito en aquella ocasión.

Magda se levantó de la cama y aún con cara de dormida recordó que hace unos días había entrado recién a 3ro de Primaria. Eso la hacía sentirse ya “grande” pues ahora ya no escribía en sus cuadernos sólo con lápiz, sino con bolígrafos y eso sólo los niños grandes, o los “muchachos” como les decía su nueva maestra, lo hacían. Le encantaban los bolígrafos y ya reservaba sólo el lápiz para la clase de matemáticas.

El hecho era que había que bañarse y lo que más le pesaba era que después de hacerlo sufría mucho cuando su mamá la peinaba de dos coletas pues los tirones de cabello que le daba no le gustaban nadita. Tal vez eran las prisas que mamá siempre tenía a esas horas de la mañana o quizá era que no quería que se le moviera ni un sólo pelo en la escuela, pero lo que si era un hecho es que para Magda representaba un verdadero suplicio por el cual tenía que pasar todos los días sin excepción, además a su papá tampoco le gustaba que trajera los cabellos en la cara así que el tema del pelo y su arreglo fue siempre importante desde que tenía memoria.

–Algún día- se decía a sí misma –voy a cortarme el pelo y no me voy a peinar nunca más-. Y mientras sonreía pensando firmemente en que algún día de seguro iba a cumplir su plan, se metió a bañar.

-El agua está calientita- pensaba alegremente, mientras que ponía el shampoo sobre su cabello. A veces le gustaba poner un poco sobre sus labios y hacer burbujas, claro, sin tocarlo con la lengua porque sabía muy feo. Eso le divertía mucho, pero había que apurarse, si no mamá seguramente se iba a enojar y le iba a gritar.

Se había enjabonado toda como le habían enseñado a hacerlo cuando era más chica y cuando se disponía a enjuagarse sintió algo muy raro. Era como un tirón violento en todo el cuerpo. El jabón le tapaba los ojos y eso la desconcertó.

Acto seguido notó que no había sido un mareo o algo así. Ella sintió como que alguien había movido el baño, como si unas manos enormes hubieran agarrado el cuarto de baño donde ella se encontraba y lo hubiera agitado, así como se agita una caja de regalo antes de abrirla para tratar de descubrir que es lo que contiene.

-¿Papá?- preguntó desde el interior del baño mientras trataba de sujetarse para no resbalar. Estaba experimentando una sensación hasta entonces desconocida para ella y el hecho de caerse era lo que más le preocupaba en ese momento pues estaba descalza y el movimiento alteraba su equilibrio. Sólo acertó a poner las manos sobre la pared y a pisar firmemente mientras trataba de asimilar todo eso que estaba ocurriendo muy de repente.

Aunque era muy niña recordó que meses antes, no hacía ni un año de eso, había escuchado la noticia de una explosión de enormes dimensiones en un lugar llamado “San Juanico”. La verdad es que ni siquiera sabía donde era eso pero pensó: -Se debió haber sentido algo parecido en ese lugar, ¿habrá explotado el tanque de gas de mi casa?-. Ella era muy inocente y esa inocencia logró que tomara la situación con calma, pero, no cabía duda, algo estaba sucediendo y era muy raro, ¿pero qué?.

-¿Magda? ¡Ven acá!, no pasa nada- le dijo su papá mientras entraba al baño acercándole una toalla. Magda, sintiéndose protegida y a la expectativa de que le dijeran que estaba pasando, se enredó la toalla al cuerpo y con ayuda de su papá salió del baño.

Cuando estuvo fuera vio a su mamá y a la pequeña Lucy de 6 años, que ya traía el uniforme de la escuela puesto, paradas justo afuera del baño, recargadas en el marco de la puerta de una habitación contigua y sujetándose firmemente de él. Su papá la sujetaba firmemente a ella pero también le aconsejó que se sujetara con fuerza al arco de la puerta. Ella obedeció a pesar de que tenía frío porque sus pies estaban desnudos y mojados.

Magda vio como su perrito, que venía por el pasillo, trataba de acercarse a ellos con dificultad pues se encontraba desorientado y sólo acertaba a aullar suavemente. También vio como las otras puertas empezaron a abrirse y cerrarse de forma acompasada por sí mismas. Se escuchaban crujidos de cosas y las lámparas que colgaban del techo oscilaban rítmicamente. Definitivamente un “algo” gigante estaba jugando con su casa y lo único que ella quería saber era: “¿Quién?”.

Estando todos juntos y bien sujetos a los marcos de las puertas Magda tomó una actitud de seriedad cuando, teniendo de fondo toda esa sinfonía de sonidos y crujidos extraños su mamá empezó a decir en voz baja algo así como: -¡Santa María, madre de Dios, protégenos de todo mal…!.-

Magda se quedó callada, sintió en su pecho que algo serio estaba ocurriendo pues el ambiente de repente se densificó, pero con su papá a un lado abrazándola y su mamá y su hermanita bien juntas, presentía que nada malo les podría a pasar.
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