A lo que esas personas se dedican es a llevar a cabo competencias de largo millaje en condiciones infrahumanas de calor o frío, a través de terrenos inhóspitos y por largos periodos de tiempo, entiéndase por ello, días enteros con sus respectivas noches de puro correr. A cada página me impresionaba que hubiera quien se impusiera ese tipo de retos y a la vez sentí que entonces mis 5 km de cada quince días en las carreras que me inscribo eran cosita de nada, algo así como andar en bicicleta con rueditas traseras mientras otros se mueven en bicis profesionales con arco de titanio.
Pero a la vez mis niveles de motivación subieron, que increíble sería un día quizá participar en un triatlón, por ejemplo, o en un marathón internacional, o en una carrera de esas donde te tienes que detener a cada tanto para que un médico te cheque y te autorice seguir. Eso si sería llevar el cuerpo al límite y seguramente ahí dolerían músculos y huesos que uno ni siquiera sabe que existen, algo así como lo que hizo nuestro amigo Ángel hace poco tiempo (por cierto, con la lectura del libro mis niveles de admiración por él como corredor y persona se han incrementado).
Y bien, con esa motivación me dije ¿y por qué no? y sin ni siquera considerar si mi preparación era la adecuada sucumbí ante esta invitación:

¡Una carrera a campo traviesa en una de las zonas más elevadas del país! La verdad es que las condiciones más agrestes en las que había corrido era en mis Viveros de Coyoacán un día después de una lluvia nocturna y ahí pensaba que era una verdadera hazaña correr entre los charquitos que se formaban en la grava y además me preocupaba que el aire húmedo me fuera a provocar una pulmonía... ¡JAAA-A!
Me apunté en la de 6 km. Lo más que había corrido sin parar son 5.5 km y en planito, pero en esta ocasión el trayecto iba a ser enmedio de la montaña y a través de un camino apenas trazado entre los árboles y las piedras. La tentación era mucha.
Las dos semanas anteriores había estado trabajando mucho en el Instituto, hasta en sábado, aparte tenía cierto daño en la garganta y algo de malestar estomacal, así que un eventual pretexto ya estaba empezando a rondar por mi cabeza si es que ya estando ahí no me sentía lo suficientemente confiada.
Aún así me levanté temprano, toda mi familia se unió a mi proyecto (lo cual agradezco mucho) ¡y nos lanzamos a la montaña!. La Marquesa se encuentra a 3050 metros de altitud, casi 1000 metros más arriba que la Ciudad de México, ocupa una superficie de 1760 hectáreas y está cubierta de bosques de oyameles, cedros y encinos. Su clima es semifrío-subhumedo con heladas fuertes en invierno y la temperatura media anual es de 12ºC. Pero este día ¡brrrrr! no sé, quizá hacían unos 5°C o menos y eso para mi ya es casi mi punto de congelación. Si no, vean nadamás como estaba el horizonte: con neblina, lluvia finita e interminable, frío y un vientecillo que clavaba las gotas como pequeñas agujas congeladas.

Cuando íbamos llegando por la carretera y entre la neblina empecé a ver como estaban las condiciones climatológicas, me decía secretamente a mi misma llevándome las manos a mi cara de susto y aflicción: "¡Ay-no-maaa...! movilicé a toda mi familia hasta acá y ahora no puedo salir con que ya lo estoy dudando".
Disculpen mis expresiones pero es que lo que sentí en todo este evento fue tan intenso que sólo lo puedo expresar bien así.
¡Glup! pues bueno, aún no llegábamos pero allá a lo lejos se divisaba ya el valle donde estaba armado todo el evento, la gente, los globos y sobre todo el arco de salida era lo más visible. Disculpen si no tomé fotos desde esa perspectiva pero en ese momento créanme... estaba preocupada.
Llegamos al lugar y tuvimos que hacer una hilera de autos antes de entrar, y mis padres me dijeron lo mismo que me dicen en las otras carreras aunque antes no me había importado: "Bueno Myriam, pues si quieres bájate aquí, ya veremos donde encontramos lugar para estacionarnos", o lo que es lo mismo: "¡Largo de aquí!"... ¡Ayyy! aún no sabía bien que estaba haciendo pero mis pies me dirigieron hacia abajo del auto y el ruidito característico de zapatos hundiéndose en el lodo fue lo que me dió la bienvenida. En la siguiente foto aún no había avanzado mucho pero mis súper zapatos de correr que compré con tanto esfuerzo y cuidaba como a la niña de mis ojos, simplemente reconocieron el terreno y se empezaron a fundir con el:

Curiosamente sucedió algo del auto a la zona de calentamiento. Tuve que bajar una ladera de unos 50 metros con pasto y piedras finas... y enlodadas, y ahí sucedió algo metamorfósico (si es que esa palabra existe): mi preocupación e incertidumbre de si sería capaz de completar la misión se empezó a transformar en risa. ¿Risa de qué? pues de mirarme ahí arrojada al frío y a la lluvia. Me estaba mojando como un perro y no había forma de evitarlo, era la primera vez que no me cubría bajo un paraguas o me guarecía abajo de algún techito, no. Por la próxima hora, o más, iba a estar justamente así, como el relleno de un sandwich entre el lodo y el cielo nublado y lluvioso. No había que taparse, no había que quejarse, simplemente había que mojarse... y disfrutar.
Y empecé a disfrutar, en ese momento como una niña abandoné el juicio y la precaución, soy de mucho enfermarme de resfriados pero ¡que diantres! tenía la oportunidad de volver a ser despreocupada como una niña y mojarme en los charcos y enlodarme la ropa... esa oportunidad no siempre se tiene a la mano.
Y aunque el frío me calaba los huesos había que calentar así que hice los movimientos pertinentes y me eché una vuelta de trote para entrar en calor, más que por prevenir lesiones deveras que se antojaba correr porque ahí parado pegaba más duro el frío. He aquí unas imagenes de gente que como yo nos estábamos acoplando a las condiciones del lugar. ¡Unos andaban con shortcito y camiseta de tirantes! eso si se me hizo una exageración.






Aquí un video que tomé del ambiente que se respiraba durante el calentamiento. Los ánimos subían y la gente se acumulaba en el lugar:
Llegó el momento de ir acercándose a la línea de salida, en ese momento mi ánimo ya se había elevado y me dio gusto estar ahí, en verdad me sentí afortunada. Primero iba a correr con una sudadera con gorra abajo de mi chaleco pero después pensé que en unos minutos eso se iba a mojar y a meterse el agua a mi camisteta y luego a mi pecho, además de que me iba a pesar mucho y decidí quitármela y dejarme solo el chaleco.

Y nos aglomeramos en la zona de salida, sólo se veían caras felices y ropas mojadas y eso que aún ni comenzábamos.



Y ahí estaba yo, pletórica de felicidad, pude platicar con un par de personas que estaban ahí a la espera cerca mío y uno de ellos me tomó esta foto:

Aquí les muestro un video donde se aprecia el ambiente ya en la línea de salida, ahí es donde la adrenalina sube y todo mundo lo que quiere es arrancar ¡ya!:
Y bien, en algún momento sonó la señal de salida y abandonamos el lugar.

Lo interesante de todo ocurrió después. Yo empecé a correr a un buen ritmo pero a los pocos metros inció la subida y yo no estoy tan acostumbrada a las subidas corriendo. Aparte de eso había que cuidarse de tropezar pues teníamos que ir sorteando piedras, charcos de lodo y agua, y alguna que otra raíz de árbol en el suelo, pero me di cuenta que lo iba haciendo satisfactoriamente y que no estaba del todo mal aquello.
Pero claro, siempre hay errores de logística y lo que sucedió es que mis anteojos se empañaban por dentro y se empapaban por fuera lo cual disminuía mi visión, así que sacaba mi pequeña toalla y le daba una limpiada, claro, veía pero era imposible secar el agua. Eso lo tuve que hacer casi cada 5 minutos así que ya mejor ni sacaba la toalla para no perder el ritmo, con mis dedos a manera de limpiaparabrisas quitaba el exceso de agua y se aclaraba mi visión por un rato.
Corría y disfrutaba, disfrutaba y corría, y claro, me cuidaba de resbalar y procuraba (aún) no enlodar mucho mis zapatos.
Y llegó un punto en el trayecto donde nos encontramos bajando una ladera verde, húmeda, fresca y despejada de árboles y fue algo tan bello que casi sólo faltaba que aparecieran por ahí Heidi, Pedro y sus cabritas para hacer un cuadro campirano y natural perfecto. Hubo quien hasta levantó las manos en señal de puro disfrute. Disculpen que no sacara fotos pero era un crimen detenerse en una situación así, además no se podía uno detener, lo empinado del terreno lo hacía imposible.
Y a partir de ese momento todo fue magia pura y felicidad, a partir de ahí no me volví a detener, no sentí cansancio alguno y además difruté cada paso, cada piedra y cada caminito estrecho y lodoso. Otro factor que ayudó fue la música que traía en los oídos, me traía inspiración y buenos recuerdos y además evitaba que me distrajera con la gente de alrededor.
Lo mejor de todo fue casi al final, ya se vislumbraba la meta allá a lo lejos cuando de repente ¡oh no! apareció un enorme charco de más de un metro de anchura pero que más que charco era un pequeño riachuelo. No nos podíamos detener a pensar por donde pasábamos, era imposible brincarlo y además veníamos encarrerados, era difícil detenerse. Había solo unos milisegundos para pensar y al final todos pensamos lo mismo: ¡al agua patos!. "¡Ay-ueyyy! ¡No se pasen, no se paseeen!" (acá usamos esa expresión para denotar que a alguien se le está pasando la mano con la severidad) casi que le decía no a la gente sino a la madre naturaleza y a toda su parentela. El agua estaba ¡congelada! y todo lo que me cuidé los zapatos se fue a la basura: metí las patotas hasta arriba del tobillo... y sólo me pude reír.
Y cuando menos me dí cuenta... llegué:

Ahí estaban mis dos hermanas tomándome foto y gritándome: "¡Mimiiii!" la verdad es que sentí bonito y no hubiera querido que aquello acabara pero acabó. Recogí mi medalla y mi paquete con el lunch y estaba feliz al igual que todos los demás que llegamos.


pero faltaba la cereza del pastel... ¡incribí a mi sobrina Camila a la carrera infantil de 25 metros para peques de su edad! aquí ya la andaban visitiendo:

Por un momento me custioné si era conveniente sacarla de la cabañita esa donde estaba con el clima tan feo pero ella ni protestó ni nada, se animó y corrió de mi mano sus 25 metros, y aunque terminó toda empapadita de la cara lo disfrutó. Claro, le tuvieron que poner a su peluche al final de la pista para que se motivara más a correr.

Y al final todos nos sentimos orgullosos de ella, en especial su orgullosa tía que la carga en brazos. Le dieron su medalla y su Gatorade por si se había deshidratado por el esfuerzo jeje.

Y ya de regreso en el auto, calada por el frío hasta los huesos, hice un sondeo del estado de mis "súper zapatos". El diagnóstico: un desastre total, y llegando a la casa era peor, creo que aún traía pasto, lodo y algún grillito del campo que pesqué a mi paso.


Pero si esto no es felicidad, no sé que lo sea.
¡Saludos!













Nos dimos vuelo sirviéndonos ensaladas de varios tipos y por alguna rara razón en mi interior me dije: "voy a servirme todo lo que se me antoje pero justo lo necesario para que lo pueda disfrutar plenamente, no quiero quedarme con hambe pero tampoco quiero desperdiciar", y me estuve sierviendo, disfrutando el acto de elegir y poner la cantidad exacta de vegetales en el gran plato pero se me olvidó ponerle aderezo y me dije: -ahorita regreso-. Cuando llegué a las charolas con aros de cebolla, y cosas lampreadas me di la vuelta y volví a ver que mas me servía, puse un poco mas de arroz.